Ya es hora...
Se encontraba sentado en ese sillón que me gusta tanto, como invitándome a que me uniera a su dolor. Un dolor inolvidable, lento y cruel. Mi corazón latía apresuradamente, mi mente comenzaba a recordar.
La memoria golpeaba en mis sienes clamando por la libertad que le había negado, aquella mentira ideal, aquella verdad fatal. No podía detenerla, el dolor era casi insoportable, ya no había escapatoria, todo tendría que salir.
Me miró tristemente... el lo sabía, el era el único que me comprendía era cómplice de mi dolor. Mi dolor era el suyo, su corazón el mío. Su mano me hizo un ofrecimiento que yo no me atreví a rechazar, al verlo inerte sobre el sillón, volví a maravillarme por su blancura, me alcé suavemente y lo bese con ternura.
Sonrió tímidamente dejando entrever las perlas de su boca, las perlas que yo deseaba y añoraba.
--Ya es hora - me dijo suavemente.
--Lo se, es sólo que nunca es fácil despedirse... menos del mundo.
La muerte volvió a sonreír y sus negras cuencas se posaron sobre mi por última vez.
--Nunca lo es, nunca lo es.
Su risa se fue apagando lentamente hasta que por fin la oscuridad me rodeo, ese horrible secretó se perdió para siempre conmigo, ahora nadie nunca sabrá la verdad. Ahora todo ha terminado.



